Homilía pronunciada en la Misa de apertura del año de preparación al Congreso Guadalupano de la Misericordia

“Feliz el hombre que teme al Señor porque él da abundantemente a los pobres: su generosidad permanecerá para siempre (Cfr. Sal 112).

La expresión lucana “por las entrañas de misericordia de nuestro Dios” (Lc 1, 78) tiene como base el término hebreo rahamin, que designa la sede del sentimiento de misericordia, el sitio tierno. Dios se revela como el Dios de las entrañas de misericordia y compasivo, es decir, como el Dios de la Vida (Ex 3, 8).

Jesucristo es el rostro misericordioso del Padre, el Hijo de Dios que se abajó hasta nuestra condición humana, adoptando la impensable forma de siervo (Fil 2, 7). Esta expresión refleja la preferencia divina por los que no son tenidos en mucho. Jesucristo dio la vida por nuestra salvación, es Dios hecho hombre lleno de misericordia. No se reservó nada para mostrar cuanto nos ama.

La generosidad plena de Jesucristo, le da toda la autoridad para expresar la exigencia: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Este movimiento generoso del Salvador tiene como base su misericordia.

Así tambien, el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, tal como es proclamado en nuestro Credo, nos concede la oportunidad de experimentar constantemente la vida de Dios en nosotros a través de la Gracia y la vida corporal con cada aliento, en cada latido de nuestro corazón.

La misericordia no sólo es el obrar de la Trinidad, sino el criterio para saber quiénes pueden verdaderamente ser reconocidos como hijos de Dios.

El testimonio más pleno de la misericordia vivida desde la dimensión humana, está en Nuestra Madre, la Virgen María, puesto que ella desde sus entrañas nos compartió al que da la vida, Jesucristo, Nuestro Salvador.

En Tulpetlac, pueblo que pertenece a nuestra diócesis de Ecatepec, aconteció la Quinta Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. A quien se le manifestó fue a Juan Bernardino, hombre anciano, enfermo y moribundo. Santa María de Guadalupe fue el puente admirable por donde Jesús expresó su misericordia, el Ungido le devolvió la vida y la salud al anciano.

Juan Bernardino informó a su sobrino que, también la Virgen María lo había enviado a México a ver al obispo para que testificara lo que había visto y cómo la había sanado. Se puede decir que Jesucristo, a través de la Virgen María, manifestó su entrañable misericordia.

También nos identificamos a los pies de la Guadalupana con Juan Bernardino, y escuchamos la llamada para dar testimonio de cómo Dios nos sana y devuelve la vida, a través de la mediación de Santa María de Guadalupe. La que proclama “que es lo que te angustia, lo que te preocupa, ¿acaso no estoy yo tu madre para darte consuelo?”.

La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta a través de la cual Él se revela. Jesucristo es el rostro misericordioso del Padre: en Él tenemos la oportunidad de contemplar el rostro misericordioso de Dios, y al mismo tiempo ser contemplados por Él, para experimentar como Mateo: “Me miró con misericordia y me eligió”.

Todos los discípulos-misioneros de Jesucristo somos contemplados desde nuestro bautismo, y algunos somos elegidos entre los hombres para proclamar su palabra, estar cerca de él por la oración y hacerlo presente por los sacramentos, somos elegidos sacerdotes del Señor.

En esta contemplación experimentamos su misericordia, que es eterna y está siempre pronta al perdón. Experimentamos la vida de Dios que brota desde sus entrañas. la mirada maternal de la Virgen María nos impulsa como a Juan Bernardino a dar testimonio de la misericordia de Dios.

El término “justicia”, del hebreo sedaqad, tal como lo reflexionó el Papa Benedicto XVI en el mensaje de cuaresma del 2010, significa dar al pobre; para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo.

Así tambien, el Papa Francisco, en la Bula Misericordiae Vultus, nos exhorta a vivir el Año de la Misericordia ya por comenzar, y siempre, a “dar a Dios” por medio de la práctica de las catorce obras de misericordia.

Ya cuantos somos partícipes del ministerio sacerdotal se nos recuerda: La Misericordia de Dios es más grande que cualquier pecado. ¡Confesores, sean un verdadero signo de la misericordia de Dios! Ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad del amor divino que perdona y salva. Cada uno ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados.

Tal como dice San Pablo, “que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo”. El amor que se materializa en la obra de misericordia; el amor que no tiene límites en la generosidad, y de forma especial con el más necesitado.

La reflexión sobre la Teología de la Misericordia, sobre todo en el próximo Congreso Guadalupano, nos debe llevar a la acción. En el antes, en la cercanía y acompañamiento misericordioso con el más necesitado, y el después como lo pide el Papa Francisco en la Bula Misericordiae Vultus: “Los años por venir estén impregnados de misericordia para ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y ternura de Dios”.

Que así sea +

*Por el Pbro. Leonardo Barragán, del Instituto Teológico de la Diócesis de Ecatepec, Estado de México.

Autor entrada: SGCORC

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