Encarnación y redención, inseparables

Por el P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Entre los seres humanos es frecuente la falta de equilibrio en las posturas de pensamiento y de vida. Por eso la prudencia es la reina de las virtudes para un recto y eficaz ejercicio de la autoridad. Santo Tomás de Aquino la señala como la virtud propia del gobernante. Un dicho antiguo decía que “el sabio nos enseñe, que el santo rece por nosotros y que el prudente nos gobierne”. Evidentemente que para que una virtud sea virtud en la óptica de la vida cristiana, tiene que estar necesariamente imperada por la caridad, como lo enseña  san Pablo a los Corintios.

Los desequilibrios también pueden darse en el universo cristiano y así recalcar tanto un aspecto y silenciar otro: recalcar la ascética e infravalorar la mística o viceversa; recalcar un aspecto del misterio y negar otro, es franca herejía, como afirmar las personas en la trinidad y negar la unidad o reafirmar la unidad y negar la trinidad.

El cristianismo católico es teológicamente complejo; no puede ser simple, porque se destruye el misterio, como decir solo la Biblia y negar la Tradición, decir que solo Cristo y negar a la cooperación de la Santísima Virgen María y de la Iglesia, afirmar que la Eucaristía es un signo, sin presencia real; afirmar la propia opinión contra el Magisterio del Papa y de la Iglesia y así en todas las cuestiones dogmáticas, como Cristo es Dios y Hombre, María Santísima es Virgen y Madre, incluidas las posturas  teológicas y de praxis cristiana. No más la acción que la oración, o la devoción más que la liturgia.

Me encantó una estampa donde estaba un payasito en la cuerda floja que decía “hay Jesús, qué equilibrios me mandas hacer”. Esa puede ser un gráfico elocuente del planteamiento sobre estos temas y otros, como el gobernante y su pueblo, los papás y los hijos, etc. Las ideologías de todo cuño pecan de raíz en la ruptura del equilibrio: sí a la comunidad y no el individuo, sí el individuo capitalista y no la nación, sí a la raza, al género como libre opción…

En los años inmediatamente pasados se dio la postura de recalcar la Encarnación en su dimensión pastoral y se olvidó la Redención. El cristianismo triunfante sobre el cristianismo crucificado. El Padre Henri de Lubac nos decía que “…encarnación, muerte y resurrección, es decir: arraigo, desarraigo y trasformación. Una vida no es auténticamente cristiana si no contiene ese triple riesgo”. Quitarle al Evangelio el misterio de la Cruz es quitarle su estructura interna.

Nicolás Cabasilas afirmaba que “Los hombres se distinguen de Dios por tres cosas : por su naturaleza, por su pecado y por su  muerte. Pero el Redentor hizo que desaparecieran los obstáculos que impiden una relación directa entre Dios y los hombres. Para ello eliminó uno a uno dichos obstáculos: el primero, asumiendo la naturaleza humana; el segundo, muriendo en la cruz; el recerco desterrando por completo de la naturaleza humana la tiranía de la muerte al resucitar”. El Verbo de Dios, se encarnó y murió en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación. Así la Cruz cambia nuestra antropología y le da la orientación que debe: morir de amor por los demás; cambia también el concepto de Dios: más allá del omnipotente y lejano, tan cercano que nos acompaña y redime nuestro dolor y la causa de la muerte, en su misma muerte.

Qué razón tenía Bonhoeffer, teólogo protestante, asesinado por los nazis: Cristo nos ayudó no con su omnipotencia sino con su debilidad y con sus sufrimientos. La Cruz nos descubre el Rostro del Dios vivo y verdadero; no el Dios de los filósofos, sino el Dios de María Santísima, de la Iglesia y de los santos. En suma, que Dios nos conceda el equilibrio entre la inmanencia y la trascendencia, en el misterio de la Encarnación y de la Redención del Jesús de la Historia y el Cristo de la fe.

 

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