La vida consagrada en la Iglesia

Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC

Con ocasión de la Asamblea LIII de la Vida Consagrada de México en Querétaro, los días 28,29 y 30 de este mes de abril, en el Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe (Hércules), bien vale una reflexión sobre el seguimiento de Jesús de aquellos que llamamos los consagrados y consagradas; abarca a Institutos Religiosos, Congregaciones, Monasterios, Sociedades de Vida Apostólica, Vírgenes Consagradas,  presentes en todo el mundo, en México y en la Diócesis de Querétaro

La vida consagrada, femenina y masculina, concretiza la obra del Espíritu Santo, quien a través del tiempo y del espacio, hace presente en la Iglesia y en el mundo el misterio de Cristo Siervo, pobre, obediente y casto, en los más variados carismas. Según el documento Posinodal sobre la Vida Consagrada de San Juan Pablo II, la vida consagrada es confesión de la Trinidad, signo de fraternidad y servicio de caridad. Su presencia en la variedad de pueblos ha de ofrecer un servicio inflamado por sus carismas, como administradores de la multiforme gracia de Dios, sellados por la Cruz de Cristo para hacer cercano y creíble el testimonio de Cristo, en la práctica efectiva de las obras de misericordia, corporales y espirituales, para sanar en el mismo Cristo a una humanidad dolida y enferma. La Santísima Virgen María, la primera Discípula de Cristo, es prototipo y es patrona de toda la vida consagrada. La vida consagrada  está llamada a vitalizar a la Iglesia hoy por medio de la práctica del Evangelio sin glosas sapientes y excluyentes, en una identidad y entrega dentro de un horizonte de profecía y esperanza, de cercanía y acompañamiento en el peregrinar de las cañadas oscuras de la vida y de la cultura. Si es profecía, se anuncia y se denuncia con la palabra valiente y la vida coherente, el perenne mensaje del Señor Jesús; es profecía y a la vez memoria de su evangelio. Si es esperanza, ante las incertidumbres de la sociedad líquida, amoral y anárquica, rejuvenece las huellas del rastro de Dios (cf VC 85) y lanza a la misión para que el Reino se haga presente ahora (cf VC 27), ese Reino de la verdad y de la vida, de la justicia y del amor, que anhelamos como los cielos nuevos y la tierra nueva en la esfera terrestre y su consumación en la gloria.

En suma, la vida consagrad puede ser caricia del Espíritu Santo que nos abraza en el Padre y en Hijo, y en este abrazo se acoge a la humanidad, abarcable en el carisma de verdadera comunión en una humanidad rota por falsas expectativas y fracasos, en la Iglesia, “sub Petro y cum episcopo”, bajo el Papa y en comunión plena con el obispo.

 

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