Dos almas Sacerdotales en el primer centenario de su nacimiento.

E L CARDENAL ARZOBISPO DE TOLEDO
PRIMADO DE ESPAÑA

Toledo, 15 de noviembre de 1981
fiesta de S. Eugenio,
Arzobispo de Toledo

Rvdmo. P. Enrique Amezcua
Director General de la Confraternidad de
Operarios del Reino de Cristo TULPETLAC.- (México)

 

Querido P. Enrique

He leído atentamente la carta, que Ud. Dirige a los Hermanos Sacerdotes y Seminaristas Operarios del Reino de Cristo en España y en México, carta a la que da Ud. el carácter de testamento espiritual.

La lectura de la misma me ha conmovido profundamente, no sólo por lo que dice en ella, sino también porque percibo en ella el latido de un corazón sacerdotal, grande y generoso que, presintiendo que su vida en la tierra puede no durar mucho tiempo, acoge junto a si a aquellos a quienes tanto ama para comunicarles el fuego interior que, por haber sido encendido por el mismo Dios, quisiera que no se apague nunca. Yo quisiera que el presentimiento no tuviera real confirmación sino después de muchos años de seguir con nosotros, pero hace Ud. muy bien situarse en la perspectiva de la santa y misteriosa voluntad, de Dios que igual puede llamarnos a su seno hoy que mañana y que siempre, desde luego, nos pide que seamos grano de trigo en la tierra para poder dar fruto.

Ud. ha vivido siempre la santa inquietud del Sacerdocio y la preocupación hondamente apostólica por ayudar a desearlo cada vez más puro a los que se preparan para recibirlo y a vivirlo cada vez más pleno a los que ya lo recibieron. Ud. ha conocido desde escenarios muy cercanos a la realidad de los hechos, lo mucho que la Iglesia ha esperado y sufrido durante los años del Concilio Vaticano II y los siguientes al mismo en relación con el Sacerdocio y los Sacerdotes en el mundo actual. En México, en Roma, en sus frecuentes viajes a España, Ud. ha visto y oído, ha sufrido y esperado también, ha orado mucho, ha palpado las necesidades espirituales de los hombres que sufren, y no se ha limitado al bla, bla, bla, de la palabrería inútil, de la insufrible retórica de nuestros tiempos. ¿Qué es eso -parece haberse dicho Ud. en silencio, en el silencio de la oración humilde- de hablar tanto del Sacerdote y de los Sacerdotes de hoy y olvidarse prácticamente del Sacerdocio de Cristo?

Y se ha entregado a lo más difícil; no simplemente a hablar, sino a hacer; no a lamentarse, sino a construir; no a polemizar, sino a arrojar honda la semilla en la tierra para que crezca y se eleve hasta el cielo. Todo lo que crece es porque tiene raíces. De manera que en el crecimiento del espíritu sacerdotal que Ud. desea lograr, no hay angelismos ni evasiones, o hay espiritualidades falsas ni olvido de la realidad humana en la que el Sacerdote ha de trabajar como apóstol de Cristo y enviado de la Iglesia.

A esto obedece la obra a que Ud. se ha entregado de la Confraternidad de Operarios del Reino de Cristo. Desde que la conozco he dado gracias a Dios porque veía realizarse en ella algo por lo que yo he suspirado toda mi vida: la formación de Sacerdotes según el Corazón de Cristo.

Veo ahora, en este testamento espiritual que Ud. ha escrito, desarrolladas las ideas fundamentales que inspiran el propósito y marcan con vigor las características de la espiritualidad que han de vivir los Operarios. No puedo menos de bendecir a Ud. por haber, sabido plasmar así pensamientos y afectos de su alma sacerdotal, en los que encuentro una gran riqueza teológica y ascética. Bien asimilados por los hermanos Operarios, se abre ante ellos un camino esplendoroso de santificación real y viva, que les capacitará para ser Sacerdotes diocesanos como los pide y, necesita el Reino de Cristo.

Ese triple amor, al Padre y su divina Voluntad, a la Santísima Virgen María, y a la Iglesia, a imitación de Jesucristo, y los medios que señala para lograrlo, son guía segurísima y eficaz para que el apostolado sacerdotal de hoy y de siempre sea como un brote caudaloso del Corazón mismo de Jesús, nuestro Rey y Señor.

Quiera Dios, lo repito como súplica llena de encendido fervor, conservar su vida mucho tiempo para que siga aleccionándonos con su entrega, su sacrificio y su caridad sacerdotal. Que la Santísima Virgen de Guadalupe recoja ese latido de su corazón y lo ponga junto al suyo, como el de la madre y del hijo, para que sea más fácilmente escuchado por el mismo Jesucristo Redentor. Y que todos aquellos, Sacerdotes ya o Seminaristas de la Confraternidad, que se unen bajo su dirección tan abnegada, en México o en España, y en cualquier parte donde puedan surgir, mediten y hagan vida de su vida las ideas y recomendaciones de este Testamento, y sean exquisitamente fieles a cuanto les dicen y señalan las Constituciones y Reglamentos internos, el Oracional, el Escudo y el Lema de la Obra.

A todos les bendigo con amor de padre y con esa esperanza que es el aliento indispensable de un Obispo de la Iglesia.

Establecida la Confraternidad en nuestra Diócesis de Toledo, en Olías del Rey, gracias a su esfuerzo y al del P. Manolo principalmente, deseo que arraigue y se consolide y que se extienda por otros lugares de esta Patria Española que hoy recibe de México lo que algunos de sus mejores hijos llevaron allí hace siglos. Los brazos de la Santísima Virgen de Guadalupe llegan también hasta nosotros.

Reiterándole mi bendición y mi cordial saludo, quedo suyo afmo. en el Señor.

Marcelo González Martín
Cardenal Arzobispado de Toledo

Primado de España

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